Marcia Riederer está viviendo la vida que estaba destinada a vivir. Se describe a sí misma como «bióloga de profesión» (lo que en cierto modo no hace justicia a su licenciatura en Ciencias Biológicas y su máster en Gestión de la Fauna Salvaje) y, durante el día, evalúa e informa sobre las amenazas que se ciernen sobre las plantas y los animales autóctonos para el
Departamento de Energía, Medioambiente y Acción Climática de Australia
(DEECA). Sin embargo, también vive una segunda vida mágica en el agua, un lugar donde, dicho por ella misma, «…puede aparecer cualquier cosa y lo que estaba ahí hace cinco minutos de repente ya no está».
Es esta vida submarina la que la ha llevado a captar la atención mundial como ganadora de la categoría Bellas Artes del concurso
Ocean Photographer of the Year patrocinado por Canon. Las alabanzas de la crítica se deben a un momento que constituyó una hazaña técnica extraordinaria en el campo de la fotografía, pero para Marcia fue una experiencia casi trascendental: encontrarse cara a cara con una ballena minke enana en la Gran Barrera de Coral. «Tengo una sola foto en la que únicamente se ve el ojo de la ballena», añade sobre esta toma. Estaba a menos de dos metros de mí y su ojo era del tamaño de mi cabeza. Era lo único que veía. Tuve que bajar la cámara porque tenía lágrimas en los ojos… Sentí una conexión muy
real. Y especial».
En Australia, donde vive Marcia y donde se tomó la fotografía ganadora, existen estrictas normas sobre la interacción con las ballenas. No pueden perseguirse; así que, para tener este tipo de interacción con una, la ballena debe querer acercarse a ti. Como bióloga y conservacionista, no puede dejar de recalcar lo importante que es esto en su fotografía: la capacidad de dos especies de encontrarse de una manera amable, respetuosa y curiosa hace que la experiencia sea aún más fascinante y capta la imaginación del público de una manera mucho más visceral.
Comenzó a hacer fotos cuando estudiaba en la universidad de su Brasil natal. Le cogió prestada a su padre su vieja cámara analógica y, con ella, empezó a mostrar a la gente los lugares que tanto apreciaba. Tras graduarse, tuvo una breve experiencia laboral que parecía presagiar su posición actual. «Tenía que identificar a los delfines mediante fotografías. Tienen una aleta en la espalda con marcas que, a veces, se puede utilizar para identificarlos», explica. «Así que hice fotos de los delfines saltando fuera del agua para crear una base de datos».
Entonces Marcia tuvo a su hijo y su cámara se centró en él: no quería perderse ni un instante. «Me encanta tener tantas fotos de esta época», explica sonriendo de nuevo. «Y, aunque en aquel momento no lo sabía, documentar el crecimiento de mi hijo fue fundamental para mi desarrollo como fotógrafa». Pero fue su traslado a Australia en 2008 lo que la llevó a tomarse más en serio la fotografía y a utilizarla no solo en su trabajo para la DEECA, en el que documentaba la flora y la fauna, sino también para la desgarradora tarea de poner de relieve las especies en peligro de extinción o documentar las secuelas de los desastres, como el deterioro de los hábitats y los efectos de los incendios forestales en los koalas.
Sin embargo, por sorprendente que parezca, no fue hasta 2018 cuando combinó su amor por la fotografía con su afición por el buceo y, junto con un descubrimiento inesperado, se le abrió una puerta a un mundo que ha cambiado su vida, tanto por encima como por debajo del agua. «Para mí, el buceo siempre fue solo una actividad de vacaciones, ya que vivo en Melbourne», explica. «La ciudad tiene una bahía enorme, aunque desde fuera no parezca tan impresionante. Entonces, un día, un amigo y yo vimos un documental sobre buceo en la bahía. Nos miramos y dijimos: «¿Por qué no estamos haciendo eso todos los fines de semana?». Lo que aprendieron cambió la vida de Marcia.
No solo había un increíble paisaje submarino que explorar prácticamente a la puerta de su casa, sino también toda una comunidad de buceadores, conservacionistas y fotógrafos, personas que se entusiasman con las mismas cosas que ella. «Hay muchos muelles, todos con sus propias características», explica. «En algunos lugares se pueden ver babosas marinas y un tipo de caballito de mar llamado dragón marino —que de verdad se parece a un dragón— que es increíble y nada de lado. Pero si coges un barco y sales de la bahía, hay mucho más».
Con el apoyo de su hijo, su pareja (que también es un ávido fotógrafo), sus amigos y su familia, empezó a pasar cada vez más tiempo en la bahía. «Lo llamamos nuestra familia del mar», dice esbozando una amplia sonrisa. «Aprendemos los unos de los otros y nos hacemos amigos porque si vas con alguien que no hace fotos, le puede resultar muy aburrido. Quieren mirar alrededor, pero los fotógrafos apenas nos movemos». Una vez, una amiga buceadora que no era fotógrafa le dijo a Marcia que no necesitaba un compañero porque «tu cámara es tu compañera». Y estuvo de acuerdo. «Tienes toda la razón».
Sus redes sociales son prueba de ello. Están llenas de impresionantes fotografías de tortugas, focas, medusas y diminutas criaturas marinas de otro mundo, cada una de ellas acompañada de datos fascinantes, y espera que eso conecte a su público con su experiencia del océano y la importante labor que realiza cada día. «Suena extraño, pero cuando me meto en el agua, siento como si volviera a casa», afirma con una sonrisa en la cara. Esta afinidad es algo que ella quiere que todos compartan, a través de las fotos que toma, con la esperanza de que cambien los comportamientos.
«Si nos sentimos desconectados, no nos sentimos responsables de lo que hacemos». Por eso elegí esa foto en concreto para presentarla al concurso Ocean Photographer of the Year, porque [ella y la ballena] nos miramos directamente a los ojos y, en ese momento, nuestros mundos se conectaron. Con suerte, si a la gente le gusta, quizá se animen a cambiar algo en su vida para mejorar el mundo natural y nuestros océanos».
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